Monsieur Jacobine - 08-10-2007 14:25:04 | Categoria:
General
Dicho y hecho. He aquí la nueva dirección de Monsieur Jacobine
http://monsieurjacobine.blogspot.com/
Los que entren tendrán la oferta de lanzamiento de ver el megapost de El Productor en dos partes.
En la parte de abajo verán los links a los blogs de todos ustedes, los habituales de MJ.
Aprovecho para responder a M su comentario anterior. No es cabreo. Ciertamente, Bitácoras iba mejor, pero me temo que pagando ciertos precios para ganar velocidad, y lo de limitar a 2.000 caracteres los textos era cortar demasiado la inspiración. Tendría sensación de alumno en un examen que no puede pasar de un folio por prescripción profesoral.
Eso si, yo no tengo la paciencia del señor Microalgo para llevarse su blog entero a la nueva ubicación, así que de alguna manera empiezo de cero en blogspot. Así que nos vemos allí, un abrazo a todos y gracias por su apoyo.
Monsieur Jacobine - 08-10-2007 00:49:44 | Categoria:
General
Queridos amigos. Ayer estuve toda la tarde liado con un megapost en el que contaba como fue la experiencia Querejeta en Alcances, pero cuando fui a colgarlo por la noche me tope con un mensaje que rechazaba subirlo. Y es que ahora según parece Bitácoras solo admite textos de no más de 2.000 caracteres. Como es una limitación bastante grave a la hora de escribir, no me queda más remedio que seguir al señor Microalgo y emigrar de Bitácoras. Cuando tenga listo el nuevo chiringuito ya les avisaré de la nueva dirección. Espero me sigan allí donde vaya y no se me queden en el camino. Les mantendré informados, gracias.
Monsieur Jacobine - 25-09-2007 15:46:44 | Categoria:
Elucubraciones
Como usuario de festivales y de actos culturales, veo muchas cuadrículas en los programas de estos eventos. Ya saben, hora, título y lugar. Es una cosa más bien mecánica, como seguir las columnas de la guía telefónica buscando un apellido. Tanto que no nos damos cuenta de muchas cosas. El ciudadano Triskel podría dar lecciones de cómo el aspecto del programa es fundamental para que nos decidamos a sumergirnos en él o no, la ordenación de sus contenidos, el exceso o la cortedad de la información en él mostrada, etc.
Pero tras mi experiencia festivalera, este es el segundo año en estos exóticos menesteres, ahora veré esas cuadrículas como algo más que un diseño informativo. Ya se que cada cuadrito de estos es un trozo de vida. Tras él se halla una pequeña historia. Las dificultades de llenarlo, las negociaciones para cubrirlo, charlas con gente encantadora o antipática, emergencias de última hora que obligan a rápidas sustituciones, y demás.
Miró ahora el programa de mi festival recién finiquitado. Cuadrículas de un Gran Teatro, de tres salas de un Multicines y varias de un Baluarte militar reconvertido en centro cultural. A pesar de la cercanía en el tiempo, están ya llenas de nostalgia, pues dicen muchas cosas que sólo unos cuantos sabemos. Ahí está la película de una pesada que quería meter en la sala hasta el apuntador, causándonos problemas el primer día. El documental de otro pesado que tras largas charlas telefónicas aceptó que su obra fuese a la informativa y no al concurso. La sorpresa de unos chicos al saber que les solicitábamos su primer documental cuando aún no estaba terminado. El agradecimiento de un productor al saber que queríamos meter una estupenda película suya que no está teniendo mucha suerte. La ironía de que una película que entró a última hora en el concurso y se llevó una mención especial del jurado. La sorpresa de ver la cara de gente con la que has hablado por teléfono y no tiene nada que ver con los rasgos que has imaginado. El mensaje de una buena amiga mostrándome su emoción ante la maravillosa película sobre
Leonard Cohen. Y así, cienes de anécdotas en díez días. En fin. Gracias a todos, a los antipáticos y los agradables, a las estrellonas y a los humildes, a los intelectualoides y a los cercanos, por hacernos más felices durante diez días de septiembre.
Y cuando vea su nombre encabezando una de las producciones que lleva realizando durante más de 40 años sentiré una punzada especial por los dos días que nos regaló y las huella que nos dejó.
Monsieur Jacobine - 03-08-2007 20:37:55 | Categoria:
Historiadas
Federico II El Grande, rey de Prusia entre 1740 y 1786 fue uno de los personajes más contradictorios de la Historia. Hijo del duro Federico I, llamado el rey sargento, un tipo patibulario que sólo pensaba en clave militar, no podía ser más distinto a su padre, al menos en apariencia. El rey sargento fue el que puso en las lenguas del mundo el dicho “disciplina prusiana”, pues convirtió su estado, un arenal arramblado en la costa báltica, en una potencia europea a tener en cuenta. Y ello montando un ejército al lado del cual los legionarios españoles o los marines americanos parecen una ONG.
Pero en una cosa casi freudiana de oposición al padre, el futuro Federico II prefería las artes y las letras a marcar el paso de la oca, ante la desesperación del rey, que quería que le sucediera otro sargento mayor como él. El príncipe gastaba su tiempo en tocar la flauta y cartearse con los filósofos de la Ilustración francesa en vez de aprender las malas artes de la guerra. Lo peor vino cuando a sus tiernos 18 años, harto ya de su destino, se fugó con un teniente de la guardia. No fueron muy lejos y el rey sargento hizo decapitar ante su heredero a su compañero de escapada, que fue algo más que amistosa. Federico I se pensó muy seriamente desheredar a su cultureta hijo, pues dejar su valioso y querido ejército a un homosexual era demasiado. Pero al final se impusieron las leyes de sucesión.
Cuando Federico II llegó al trono en 1740, una ola de burlas recorrió las cortes europeas. Su tendencia sexual y sus gustos artísticos no eran las mejores tarjetas de presentación ante sus primos coronados. Pero ocurrió como en esas historias donde el hijo de un noble que se ha pasado la vida cuidando ovejas inconsciente de su linaje resulta ser un gran guerrero porque lo lleva en los genes. Pronto se reveló como un genio militar que tuvo en jaque a las potencias continentales. Algunas de sus batallas siguen estudiándose en las academias militares. En su tumba el rey sargento tuvo que reconciliarse con un hijo que le dio tantos disgustos.
Se cuenta una historia sobre él. Federico II quiso ampliar su palacio de
Sans Souci y ordenó a su gente que investigase si los terrenos colindantes tenían dueño. Le dijeron que sí, que eran de un molinero del lugar. Convertido en un recalificador prematuro, el monarca prusiano dispuso que los comprasen, pero el hombre se negó. Asombrado, Federico aumentó la oferta, pero el molinero que nones. Preguntó a los agentes que estaban negociando la transacción si el buen súbdito era consciente de quien era el comprador. Le dijeron que sí, pero que nada. El rey los envió con una última oferta, pero volvieron de vacío. Era ya hora de que un paradigma de la monarquía absoluta del siglo XVIII se implicará personalmente en el tema. El que un modesto molinero frenase las apetencias de un hombre que había humillado a los mejores ejércitos de la época daba mala imagen del dueño de Prusia. Así que fue a hablar con él personalmente. Le insistió en su interés, pero el dueño de las codiciadas tierras siguió negándose a cederlas. Federico perdió los papeles y empezó a insultarle y a amenazarlo con encarcelarle, con hacerle perder sus posesiones y demás horrores propios de la época. El molinero respondió tranquilamente: “Majestad, os recuerdo que en Berlín aún hay jueces”.
Hoy leyendo la prensa local se me ha venido a la cabeza esta anécdota, probablemente apócrifa. La leí en algún sitio y no la he vuelto a ver por ningún lado, pero si no e vero e bien trovatto. Todo a raíz de las polémicas estériles entre diversas administraciones que gestionan nuestra vida. Que si alguien quiere construir un teatro donde existe un yacimiento arqueológico de interes, y otros dicen que no, que por encima de su cadáver, que si acusan a cierta tele municipal de ser más propia de la era stalinista que de un país democrático, a lo que sus responsables responden que miren la viga de la tele autonómica, etc. Afortunadamente, ante esta clase política, en algún lugar siguen existiendo jueces.
Es paradójico que Ingmar Bergman haya muerto plácidamente y a la longeva edad de 89 años. Un espectador de los sesenta que se enfrentase a su desesperanzado cine podría pensar que el torturado y tortuoso autor de
Los comulgantes,
El silencio o
Persona acabaría dándose muerte por su propia mano. Sin embargo, le dio tiempo a hacer cuarenta películas en 37 años y a una falsa retirada del cine seguida por una interesante trayectoria en televisión. También delegó la filmación de sus guiones en cineastas como su propio hijo o el fiel Bille August. Una forma de mantener su presencia como uno de los directores más influyentes de la segunda mitad del siglo XX, capaz de alimentar entre otras cosas la cara más amarga de Woody Allen, confeso admirador suyo.
Y es otra paradoja que un cineasta tan citado sea tan mal conocido. La inmensa personalidad de Bergman desborda muchos tópicos. Esta claro que sus problemas con su padre, riguroso pastor protestante, marcan mucho su obra. Tras la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, Bergman fue el que mejor habló de la incomunicación entre los seres humanos y de la angustia de la falta de ideales si se pierde la idea de Dios. A él no lo consolaba el humanismo, pues su educación religiosa le impedía creer en sustitutivos para cubrir ese vacío metafísico. Lo que ocurre es que en la España de Franco el cine de Bergman cayó en manos del jesuita padre Staehlin, que no dudó en adulterar los doblajes para meter mensajes cristianos ausentes del original. Eso explica que se diera el espectáculo insólito de que las películas del cineasta recién fallecido fuesen una de las estrellas de las sombrías programaciones televisivas de la Semana Santa de los tiempos de Franco. Frente a esto, el cine de Bergman se fue haciendo más desesperado a medida que pasaba el tiempo. En
Fresas salvajes había una cierta resignación y en
El séptimo sello quedaba una joven pareja como promesa de futuro. Todo eso fue desapareciendo. La locura, la falta de salidas vitales, los problemas familiares como exorcismo de los vividos por el director en su niñez, se van apoderando de sus tramas. Su película definitiva a este respecto, antes de su gloriosa despedida en
Fanny y Alexander, es De
la vida de las marionetas, donde los humanos son precisamente títeres en un mundo sin salida.
Sin embargo, ya se dijo, Ingmar Bergman siguió haciendo trabajos televisivos hasta su título final,
Saraband, de 2003. Siguió fiel a su estilística y demostró que a sus desnudos dramas le venía muy bien la sobriedad de la pequeña pantalla. Incluso se permitió humoradas como que la citada
Saraband fuese una secuela tardía de una de sus obras más famosas,
Secretos de un matrimonio. Pero la recepción de la obra del director entre nosotros tuvo más problemas que la del interventor padre Staehlin. Se convirtió en bandera de un cine intelectual y poco complaciente, frente a otros que lo defenestraban por todo lo contrario. Convertido en un casus belli, muchos veían en él como suele ocurrir en estos casos lo que interesaba, no lo que ofrecía de verdad. Así, a este análisis reduccionista se le escapaba la primera parte de su obra -la que se extiende desde 1945 a
Un verano con Mónica, película que empezó a llamar la atención internacional sobre él- muy poco conocida y donde optaba por el melodrama más puro con la influencia del dramaturgo August Strindberg, que nunca le abandonó del todo. Y, sobre, todo, no se puede entender la figura creativa de Bergman sin su labor teatral. Él siempre dijo que el teatro era su esposa y el cine su amante. A su gran actividad como guionista y cineasta hay que añadir bastantes textos para la escena escritos por él y su trabajo como director teatral. Sin esa pasión no se explica su puesta en escena ante la cámara ni su gran labor con los actores. Ahora que seguramente su muerte disparará todo tipo de homenajes y estudios, es el momento de analizar con desapasionamiento todo su inmenso legado.
Publicado en Diario de Cádiz el 31 de julio